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lunes, 26 de marzo de 2012

Segunda entrega.... "Repensando la adopción"

Seguimos haciendoos llegar las reflexiones que nos surgen sobre los comentado por Beatriz San Román el día nueve de marzo.

  1. Antes o después, las cosas caen por su propio peso y si no se le ha explicado desde el principio que es un niño adoptado, a él le será muy complicado integrar lo que su instinto le dice, percibe y siente, con las contradicciones que encuentra en su día a día, por eso es fundamental crear canales de comunicación muy tempranamente para permitirle expresar todas sus dudas, miedos, preocupaciones, aclaraciones sobre quién es, de dónde viene, porqué...

Serán la base de la construcción de su propia identidad, algo que inician desde bebés a través de la resonancia dialógica con sus referentes primarios, con cómo nosotros nos comunicamos con ellos, y que se hace más cognitivo a partir de los dos años a través de los mensajes verbales y no verbales que le damos al niño (mensajes-tú / mensajes-yo / mensajes incoherentes...), y se inicia a montar esa identidad a partir de los tres...
No deja de construirse nunca, de reconstruirse, revisarse, modificarse, teniendo su momento más intenso y duradero durante la pre-pubertad y la pubertad, etapas de revisión profunda de su identidad, donde el niñ@ debe ya tener unos cimientos coherentes y sólidos donde completar y construir la parte más importante de su estructura de personalidad. Las cosas que duelen hay que sacarlas, hablarlas, porque guardándolas o dejándolas dentro, no se cura esa herida que duele. Se debe aceptar su dolor, legitimizar su dolor, su tristeza, y no tener miedo a que aparezca ese dolor. Reconciliarse con su historia es algo fundamental.


  1. Para sentirse padre/madre hace falta tiempo, igual que para construir una pareja, una amistad, una relación de confianza...

Es el llamado tiempo denso donde se produce un diálogo en el sentido más amplio y extenso de la palabra, un diálogo de sentimientos, de silencios, de miradas, de respeto por mis emociones, sean las que sean, el respeto por sentir y expresar, y devolverle ese silencio, esa mirada, ese grito, esa lágrima, esa rabia re y co-construida de manera que pueda aprender o re-aprender (depende si existió alguna figura de apego y/o resiliencia en su vida) que es posible confiar en el otro, en el adulto, en el compañero de clase, en los otros.

Conocer a los hijos lleva tiempo, e igualmente, que los hijos nos conozcan, también les lleva su tiempo... Somos nosotros como adultos los responsables de regular esos tiempos, sabiendo que el que marca el ritmo será él, ya que la confianza no se puede generar a base de exigencia, normas rígidas, tiempos para construirla (“te doy 11 meses para que confíes en mí” o “en 7 meses tienes que empezar a obedecerme”; es evidente que no se puede imponer desde uno, o desde una relación asimétrica, sino que se construye entre dos, día a día, cada día...), sino que dependerá de muchas cosas que se pueden resumir en (y en tantas otras, pero hoy y ahora, me vienen estas) flexibilidad, respeto –amplio, denso- y amor –incondicional (hagas lo que hagas, pase lo que pase, digas lo que digas).

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